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Espacios de Hilbert

Fenomenología

Fenomenología Hace muchos años, un micro-relato en una carta de un buen amigo me apuntó el relato que dejo a continuación; así que en realidad es suyo.

Moltes gràcies, Jaume!

EL FENÓMENO

Había empezado de pronto y a la vista de todos; giraba y giraba. Poco a poco todo el pueblo se había acercado a mirar y curiosear, con cierta mezcla de miedo, inquietud y asombro; sobre todo asombro ante lo desconocido e incomprensible. Tan sólo los niños sonreían maravillados ante la novedad, protegidos por sus madres, acurrucados junto a ellas poco debían temer y mucho tenían por disfrutar curioseando. Los vecinos que tenían armas las traían consigo y mostraban un rostro duro, dando a entender a sus conciudadanos que había alguien que velaba por su seguridad; aunque los temores acobardaban por igual a armados y desarmados.

Seguía girando y girando, con un cierto bamboleo. Nadie se acercaba a más de unos pies de distancia. La velocidad de rotación hacía imposible conocer su interior que se antojaba translúcido y brumoso.

Finalmente aparecieron los científicos. Algunos vecinos respiraron aliviados, otros mostraron más de un recelo ante lo que esa gente de ciencia, libros y pensamiento podía hacer con aquel ente rodante y rotante.

Rápidamente se hicieron sitio, equidistantes entre sí y al objeto de estudio. Lo miraban fijamente y con el ceño fruncido. Se cogieron de las manos formando un polígono regular alrededor del ser girante. Se hacían extrañas señas, pronunciando números y palabras en una lengua improsible de comprender.

Estuvieron así durante un tiempo, para los impacientes y escépticos demasiado tiempo. Los más crédulos estabam ansiosos pro conocer qué dirían sus sabios; los niños seguían con su cara de ilusión y divertidos las esotéricas maniobras de los sabios. Finalmente los científicos pararon bruscamente sus diálogos y cualquier tipo de movimiento.

El pueblo volvía a anudar la garganta y a abrir muy bien los ojos.

El más anciano de los sabios, y por tanto el de mayor experiencia y rango, tomó la palabra. Sus explicaciones eran clara, precisas, coherentes, llenas de ejemplos; dilucidaban todas y cada una de las dudas o conjeturas que el pueblo se podía plantear. A medida que los conocimientos afloraban, las caran de tensión iban apaciguándose, todos podían respirar tranquilos sabiendo a qué atenerse si el fenómeno volvía, duraba o cambiaba.

Los vecinos ya se retiraban a sus ocupaciones más habituales, satisfechos por los nuevos conocimientos y la luz que había sobre lo que antes era oscuro y desconcertante.

Sentado en un escalón de la plaza, el anciano filósofo vio a un niño llorando, era el que minutos atrás más sonreía y que no quitaba ojo del ente rotatorio. Ahora tenía las manos anudadas sobre la nuca, la cara entre las rodillas y sollozaba desconsoladamente. El anciano se acercó lentamente y enredando sus huesudos dedos entre los tirabuzones del cabello del pequeño, le preguntó mientras hacía esfuerzos para agacharse hasta su altura:

- ¿Por qué lloras? Ahora ya sabemos lo que es y no hay nada que temer. Todo está muy claro.

El niño levantó los ojos llenos de lágrimas, miró al anciano, ojeroso y con demasiadas horas de libros y observación; y contestó inocentemente pero con voz alta y clara:

- Sí, pero la peonza de humo y cristal ha muerto.
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